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LA WEB-ONA

Lumumba, El Éxodo 2ª parte

Pero volvamos a los delirios oníricos de Lumumba; dentro de lo variopinto que resultaba la población de la sabana, Lumumba siempre había sentido un especial aprecio por las hienas, no porque estos carroñeros tuvieran dos penes como pudiera creer cualquier mal pensador, más bien porque siempre estaban riendo. Ya podías estar dándoles palos que los bichos no paraban de reír y esa sin par alegría y ese positivismo a la hora de enfrentar la vida llenaban a Lumumba de un sentimiento que podríamos reflejar aquí como un no rendirse a la adversidad. Ya sabemos, ustedes y yo, que las hienas no se ríen que su fingida alegría no es más que un rictus genético. Pero que quiere que les diga, nunca nadie se atrevió a quitar tan pequeña ilusión a nuestro protagonista.
 
Y entre jeringazo de Novocaína y de morfina, es que eran pelín bestias los médicos de las urbes africanas, Lumumba no terminaba de salir de su estado letárgico. Ya podían darle de leches que no había manera y sólo cuando una de las enfermeras, un poco rarita ella, acunó las narices de Lumumba entre sus turgentes senos pareció Lumumba que daba unos débiles atisbos de consciencia. Sobre todo porque aunque el paciente no terminaba de despertar tuvo que intervenir medio servicio de seguridad del hospital para conseguir arrancar las manos de Lumumba de los maternales pechos. Todo  cosa del trauma infantil al perder a su madre a tan temprana edad y no haber tenido un destete adecuado.
 

Desde luego, viniendo de donde venía Lumumba  no se presentó ningún familiar para atenderlo por lo que las enfermeras y alguna doctora que otra tomaron bajo su tutela el restablecimiento emocional del chico cosa que desde luego Lumumba agradeció encarecidamente. Y ya fuera porque Lumumba jamás había tenido contacto con el mundo moderno o por su propia imbecilidad el traumático paso de la vida salvaje a la más pura civilización no causó ningún daño mental  que añadir al del destete.

La recuperación fue lenta cosa que agradecieron, como ya hemos dicho las enfermeras, alguna que otra doctora y la esposa del moribundo de la cama de al lado pues Lumumba pagó sus desvelos con lo único que era suyo, el hatillo con los tres trapos se quedó en medio de la carretera donde fue atropellado, y que siempre le acompañaría allá donde fuese; su extraordinario potencial amatorio o para ser más exactos  con su descomunal falo.  Porque los habitantes de la sabana no tienen pene, minga o manolita; tienen falo que es más como de selva y Lumumba podría llegar a ser lo que fuera pero la selva nunca salió de sus venas. Incluso mucho tiempo después, cuando vivía displicentemente en una enorme mansión de Beverli Hills  conservó en un pequeño cuarto el medio kilo de arena de la sabana que le extrajeron del estómago después del atropello. Medio kilo de arena y un par de bujías, pero conservar las bujías no le pareció muy tribal con lo que las desechó en un contenedor de restos humanos que encontró a su salida del hospital.

 
Bujías, que por cierto, provocaron un enorme incidente en la planta de reciclaje de restos humanos y que fue encadenando hechos hasta acabar con el derrocamiento del gobierno del país. Y es que  Lumumba en su imbecilidad congénita derrocó gobiernos y elevó ideales a los más altos estamentos mundiales. Mayormente porque la desconsolada acompañante del moribundo, vecino de habitación hospitalaria de Lumumba, a causa de la larga convalecencia de este cogió unas ladillas solo encontradas hasta aquel día en el aparato reproductor de las vacas selváticas. Y este hecho consagró a un afamado doctor especialista en enfermedades venéreas hasta llegar al estrado de la fastuosa Academia de la Música de Estocolmo donde fue a recoger su Nóbel en medicina  por haber acabado, no sin un arduo trabajo de investigación y constantes desvelos, con la mayor plaga de ladillas selváticas que jamás se conoció en el mundo entero. 
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